La celebración más profunda de la Puna volverá a reunir en La Quiaca a comunidades, productores, artesanos, escritores y visitantes argentinos y bolivianos. Según el cronograma oficial, el gobernador Carlos Sadir participará el sábado 17 de octubre del acto central de apertura junto al intendente Dante Velazquez. Pero esta edición llega atravesada por algo mayor: la búsqueda del reconocimiento internacional de la Manka Fiesta y una nueva lectura geopolítica que vuelve a colocar a La Quiaca como territorio de encuentro entre Argentina, Bolivia y los puertos del Pacífico.
Mucho antes de que existieran las palabras corredor bioceánico, zona franca, plataforma logística o integración comercial, los pueblos de la Puna ya habían creado su propia red económica. Caminaban, intercambiaban, trocaban productos, transmitían saberes y convertían a La Quiaca en un punto natural de encuentro. Esa memoria vuelve a ponerse de pie con la Manka Fiesta 2026, una celebración que no debe ser interpretada solamente como un festival: es la supervivencia contemporánea de una arquitectura económica y cultural andina. La propia documentación oficial provincial define a la Manka como uno de los encuentros más antiguos de los pobladores puneños y destaca al trueque como práctica ancestral de construcción comunitaria.

Según el programa difundido para esta edición, el acto institucional tendrá lugar el sábado 17, con la presencia prevista del gobernador Carlos Sadir, palabras del intendente Dante Velazquez y la ceremonia de apertura. La agenda incluye encuentros de escritores, exposición de camélidos, productores, gastronomía, música y actividades hasta el 25 de octubre. El libro de Graciela Verónica Joaquín, La Juje, define con enorme precisión ese espíritu: la Manka es la “fiesta de la olla”, un espacio de reciprocidad donde productos, saberes, bailes y coplas vuelven a reunir cada año a una sociedad dispersa por la inmensidad puneña. Ya en 2025 la celebración había convocado a más de 15 mil visitantes provenientes de otras provincias y países, generando fuerte movimiento en hoteles, restaurantes y comercios.

Velazquez viene intentando agregarle otra dimensión a esa herencia. La construcción del Complejo Cultural Manka Fiesta no fue concebida solamente como infraestructura para eventos, sino como un lugar destinado a conservar memoria, formar nuevas generaciones y producir contenidos culturales durante todo el año. La gestión municipal también promovió el proyecto para alcanzar el reconocimiento de la Manka como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, iniciativa declarada de interés municipal en 2024 y acompañada formalmente por el Gobierno de Jujuy en 2025. El músico Kike Teruel, embajador cultural de La Quiaca, confirmó incluso su colaboración en las gestiones vinculadas a ese objetivo.
Pero Velazquez propone leer esa ancestralidad hacia adelante. “La Quiaca no es un borde, es una verdadera plataforma de integración”, sostuvo recientemente al explicar su mirada sobre la ciudad. La frase permite comprender por qué la Manka, la futura Zona Franca, Villazón, los vínculos con ciudades del sur boliviano y la búsqueda de conexiones con el norte chileno empiezan a aparecer dentro de un mismo mapa. El cambalache de ayer y la logística del siglo XXI no son fenómenos idénticos, pero comparten una raíz territorial: personas, mercaderías y culturas atravesando La Quiaca. Lo que durante siglos ocurrió mediante caravanas y ferias puede transformarse ahora en turismo internacional, agregado de valor, almacenamiento, servicios, comercio y circulación hacia los océanos.

Esa interpretación recibió recientemente un estímulo internacional. Durante la agenda entre Jujuy y Antofagasta, el gobernador chileno Ricardo Díaz Cortés llamó a aprovechar los puertos del norte de Chile y sostuvo que “el Corredor Bioceánico no debe entenderse únicamente como una vía de transporte, sino también como una herramienta para impulsar la inversión y el desarrollo económico”. Antofagasta ya desarrolla infraestructura logística específicamente vinculada a la captación de cargas del corredor y a compromisos internacionales con Bolivia y Paraguay. Para La Quiaca, esa transformación abre una posibilidad formidable: actuar como vínculo de Bolivia con el sistema regional, agregar valor antes de que las mercaderías continúen viaje y explorar mecanismos aduaneros y logísticos que reduzcan fricciones, siempre sujetos a los acuerdos binacionales y a las autoridades competentes. No es una fantasía geográfica: es recuperar con herramientas contemporáneas una función que la Puna cumplió durante siglos.
Por eso la Manka Fiesta debería comenzar a ser mirada como un acontecimiento de relevancia nacional. No solamente porque Argentina posee allí una manifestación cultural excepcional cuya proyección internacional se está gestionando, sino porque su filosofía anticipó hace siglos conceptos que hoy vuelven a ocupar la agenda mundial: economía circular, intercambio regional, cooperación, identidad, movilidad y redes comerciales. Velazquez denomina a esta proyección un corredor vertical que une la Puna argentina con Bolivia y busca conectarla con Chile; Sadir, a su vez, acaba de reafirmar que Jujuy y Antofagasta poseen una ubicación estratégica y un enorme potencial productivo compartido. La verdadera potencia de la Manka está precisamente allí: La Quiaca no necesita abandonar su pasado para ingresar al futuro. Puede utilizarlo como plataforma. La olla que durante siglos reunió a los pueblos alrededor del trueque puede convertirse hoy en símbolo de una nueva integración sudamericana.
