La Manka Fiesta volvió a convertirse en una escuela de identidad. El municipio de La Quiaca organizó el encuentro de copleritos con la participación de escuelas primarias, docentes, escritores y familias. Cajas, ponchos, sombreros y coplas llenaron el escenario en una jornada donde las niñeces fueron protagonistas de la transmisión cultural de la Puna.

La Manka Fiesta volvió a demostrar que su valor excede ampliamente lo festivo. En esta oportunidad, el concurso de copleritos organizado por la Municipalidad de La Quiaca reunió a niñas y niños de distintas escuelas primarias en un escenario que cobró vida al sonido de las cajas, los ponchos, los sombreros y las voces que recuperan una de las expresiones más profundas de la cultura puneña. La propuesta tuvo un sentido especial: no sólo mostrar una tradición, sino asegurar su continuidad desde la infancia, allí donde la identidad comienza a construirse y donde los valores culturales pueden transmitirse de manera natural, afectiva y duradera.

La iniciativa, acompañada por la directora de Cultura del municipio quiaqueño, Gabriela Arrieguez, tuvo además un respaldo pedagógico significativo. La participación de las escuelas convirtió al encuentro en una extensión del trabajo educativo, en la que la copla dejó de ser solamente una manifestación artística para transformarse en una herramienta de memoria, lenguaje, pertenencia y reconocimiento del territorio. Los docentes de la Escuela Cholele expresaron su agradecimiento y explicaron cómo prepararon previamente a los niños para participar, demostrando que detrás de cada intervención hubo un proceso de aprendizaje, ensayo y acercamiento consciente a las costumbres de la Puna.

El escritor Mario Fidel Tolaba también acompañó la jornada, aportando presencia y valor simbólico a una actividad que une oralidad, literatura popular y cultura comunitaria. Su participación reforzó una idea central: las tradiciones no sobreviven únicamente porque se las recuerde, sino porque se las practica, se las enseña y se les da un lugar visible dentro de la vida colectiva. En ese sentido, el escenario de la Manka Fiesta funcionó como una verdadera aula abierta, donde la palabra, el ritmo y la identidad se encontraron frente a toda la comunidad.

La jornada también tuvo momentos de alegría y picardía, como la interpretación del docente Rolando Flores, quien compartió una copla picaresca y recordó que este género popular posee también humor, creatividad y una manera propia de narrar la vida cotidiana. Esa espontaneidad forma parte de la riqueza de la copla: una expresión que puede hablar del trabajo, del amor, de la comunidad, de la tierra y también de las pequeñas situaciones que atraviesan a cada generación.

Preservar la identidad desde las niñeces es una decisión cultural de largo plazo. Cuando un niño aprende a tocar la caja, a improvisar una copla, a vestir un poncho o a reconocer el significado de una costumbre, no está repitiendo un gesto del pasado: está incorporando una forma de entender quién es y de dónde viene. Allí reside la verdadera fortaleza de propuestas como esta. La Manka Fiesta no sólo celebra la cultura andina; también garantiza que esa cultura encuentre nuevas voces capaces de sostenerla en el tiempo.
