En un contexto donde las adolescencias y juventudes atraviesan presiones, desorientación y múltiples riesgos, La Quiaca acaba de recibir una señal poderosa: el deporte sí transforma, sí ordena y sí abre horizontes. La consagración de Luciana Álvarez con el San Francisco de Asís de Oro, junto a las distinciones recibidas por Luján Vilca, Ariel Corrillo y Sebastián Toconás, confirma que cuando el municipio crea condiciones de acceso, contención y promoción, el esfuerzo individual se convierte en patrimonio colectivo.

La Quiaca, 17 de abril del 2026 // Lo ocurrido con la delegación quiaqueña en los premios San Francisco de Asís no debe ser leído como una simple suma de reconocimientos. Detrás del oro conseguido por Luciana Álvarez y de las menciones a Luján Vilca en deporte adaptado, Ariel Corrillo en taekwondo y Sebastián Toconás como árbitro de básquet federado, hay algo más profundo: una ciudad que decidió tomarse en serio el deporte como política pública y como herramienta de reconstrucción social. No se trata solo de premiar talentos; se trata de confirmar que desde el interior profundo también se puede construir excelencia, disciplina y representación con sentido comunitario.

En estos tiempos complejos, donde muchas adolescencias crecen entre incertidumbres, consumos problemáticos, ansiedad, fragilidad emocional y falta de horizontes claros, el deporte aparece como uno de los grandes ordenadores morales, éticos y saludables de la vida social. Ordena los días, enseña límites, construye respeto, fortalece la perseverancia y transforma energía dispersa en disciplina. Por eso no es un dato menor que desde el municipio se haya elegido ampliar la base de acceso a la actividad física, no como privilegio de unos pocos, sino como una vía lo más universal posible de contención y promoción humana. Esa decisión de “caminar los barrios” y estar “junto a los chicos” fue destacada por el propio intendente y por el director de Deportes como una clave del proceso que hoy muestra resultados.
El caso del taekwondo es especialmente revelador. Según relataron esta mañana el intendente Dante Velázquez y el director de Deportes Félix Galindo, la articulación con Luciana Álvarez y Ariel Carrillo permitió abrir “un sinfín de posibilidades para muchos chicos” que no podían pagar una cuota y que hoy pueden sumarse a través de las escuelitas municipales. Esa definición vale más que cualquier slogan, porque muestra exactamente qué debe hacer un Estado local cuando quiere intervenir bien: quitar barreras, generar acceso y transformar una disciplina en un puente de inclusión. La experiencia no reemplazó al instituto propio de taekwondo, sino que lo potenció a través de una alianza estratégica que ensanchó la contención y multiplicó oportunidades.

La figura de Luciana Álvarez sintetiza de manera luminosa ese proceso. Su premio en oro no cayó del cielo ni nace de una improvisación. Es la expresión más visible de una cadena de trabajo hecha de entrenamiento, docencia, perseverancia y acompañamiento institucional. Pero su nombre no llega solo. Luján Vilca aparece como ejemplo de superación y compromiso; Sebastián Toconás confirma que el deporte también abre caminos desde el arbitraje, la formación y la profesionalización; y Ariel Corrillo encarna la importancia del entrenador que no solo enseña una técnica, sino que levanta la bandera de La Quiaca hasta escenarios internacionales. El mensaje que sale de esta historia es contundente: el deporte no es un lujo, es una arquitectura de oportunidades.

También es justo decir que estos logros no se sostienen solo con entusiasmo. Requieren inversión, presencia y continuidad. El intendente recordó que el municipio, junto al CEAR, Desarrollo Social y distintas áreas, trabaja en los barrios, amplía disciplinas, estudia alternativas cuando se cierra un espacio y mantiene infraestructura clave como pileta (refacciones actuales para sostener servicios), tenis, básquet y otros frentes deportivos. Esa visión integral importa mucho: el deporte deja de ser un evento y pasa a ser una política de Estado. Y cuando eso ocurre en una ciudad de frontera como La Quiaca, el impacto es todavía mayor, porque cada espacio ganado para la actividad física es también un espacio ganado contra la deserción, el desgano y la intemperie social.

Lo que hoy celebra La Quiaca debería interpelar a toda Jujuy. El interior profundo no pide compasión ni se resigna: pide el retorno de sus derechos. Y cuando esas condiciones no aparecen, responde con resultados fruto del aporte vecinal, de la confanza de la comunidad; con medallas, con esfuerzo y con orgullo. Los reconocimientos a Luciana, Luján, Ariel y Sebastián son, en verdad, la punta visible de una decisión política más amplia: ofrecer a niños, adolescentes y jóvenes un camino distinto, saludable, exigente y digno. En medio de tantas noticias oscuras, esta es una de esas historias que obliga a mirar con esperanza. Porque cuando una ciudad invierte en deporte, no solo entrena cuerpos: forma carácter, protege trayectorias y construye futuro.
