Por Profesor Jorge Lindón
Viví en La Quiaca entre 2016 y 2018, y desde entonces esa ciudad quedó adherida a una parte de mi memoria. Volví ahora atraído por algo inesperado: Súper Ojota, el personaje creado por Mario Fidel Tolaba. Quería saber quién era realmente ese héroe puneño, de dónde provenían sus poderes y por qué un escritor había decidido entregarles a los niños un superhéroe nacido entre cerros, viento, animales y saberes ancestrales. Quizás, pensé mientras caminaba, sus poderes no sirvan solamente para derrotar enemigos imaginarios: tal vez puedan convertirse en un puente para que niños y adolescentes atraviesen esta revolución tecnológica sin perder aquello que los hace humanos.
Camino por la histórica, valiente y patriótica La Quiaca. La bandera argentina parece mezclarse con el cielo a más de 3.400 metros y, aunque conozco la altura, mi respiración vuelve a recordármela. Cruzo las viejas vías ferroviarias por donde alguna vez pasó el nervio que comunicaba esta frontera con Buenos Aires. El tren desapareció y en su lugar aparecen colectivos y transportes alternativos que llevan trabajadores hacia otras ciudades, y también hacia zonas petroleras y gasíferas. La Puna exporta muchas veces a sus hombres mientras espera oportunidades para retenerlos. Paso la pasarela naranja y sigo hacia el Mercado Municipal La Lucía. El corazón late un poco más fuerte, quizás por la altura, quizás porque regresar también altera la respiración.
El mercado aparece de piedra, severo por fuera y cálido en sus entrañas. En el puesto 17 me espera Mario Fidel Tolaba. Allí comienza a revelarse el secreto de Súper Ojota. Tolaba no construyó un héroe arrancado de otro planeta: lo hizo nacer del paisaje. Para entenderlo basta leer El Cóndor, uno de los capítulos que me entrega. Orlando sube al cerro Escaya con sus hermanos y allí los chicos no “observan” simplemente la naturaleza: conversan con ella. Escuchan el viento atravesando las quebradas, los sonidos entre las tolas, las rocas y el agua de los ríos. Esa diferencia es fundamental: el conocimiento no llega desde una pantalla; llega de prestar atención.
Tolaba me explica que su personaje busca que los chicos vuelvan a descubrir el extraordinario poder que existe en aquello que les pertenece. En El Cóndor, Orlando recibe una herencia simbólica formidable. El viejo ave guardián lo reconoce como elegido para cuidar el territorio. No le entrega un arma ni una máquina: le revela capacidades que ya fueron construidas por su relación con la naturaleza. Orlando puede anticipar el frío y la lluvia, percibir el peligro, ver a grandes distancias, distinguir olores y sonidos que otros no detectan; posee la fuerza del puma y la velocidad de la liebre. Su verdadera formación, sin embargo, es moral: deberá proteger a hombres, mujeres, niños y animales que estén en peligro y cuidar el ambiente. El cóndor se despide diciéndole que ha llegado su tiempo de partir y que otros deberán continuar. Ahí entendí que los poderes de Súper Ojota no son una fantasía escapista: son una pedagogía de la responsabilidad.
Eso es lo que hace diferente al personaje. Los superhéroes tradicionales suelen conquistar el mundo mediante una fuerza extraordinaria; Súper Ojota aprende primero a escucharlo. Sus poderes nacen de la observación, de los animales, del paisaje, de la memoria transmitida. Y allí aparece una discusión profundamente contemporánea. Nuestros niños saben deslizar un dedo sobre una pantalla antes de comprender por qué cambia el viento, de dónde llega un alimento o qué historias guarda el lugar donde viven. La tecnología amplió sus posibilidades de manera formidable, pero también puede producir una existencia acelerada donde todo aparece, se consume y desaparece antes de adquirir significado. Súper Ojota propone exactamente lo contrario: detenerse, mirar, escuchar, interpretar y finalmente actuar.

Tolaba no rechaza ese nuevo mundo. Me habla de la necesidad de integrar los lenguajes actuales, de usar historieta, imagen y tecnología para acercar nuevamente la lectura. Entiende perfectamente que no existe regreso posible a una infancia sin dispositivos. Su batalla no es contra el celular: es contra el olvido. Quiere que el niño pueda usar la tecnología sin que la tecnología termine utilizando toda su atención; que pueda conocer otros universos sin considerar inferior el propio; que pueda entrar en internet llevando consigo el cerro, la abuela, la Pachamama, los animales, las palabras y los valores aprendidos en su comunidad. La historieta, entonces, deja de ser una resistencia nostálgica: se convierte en un vehículo moderno para una memoria antiquísima.
El capítulo termina con Orlando contemplando la enorme responsabilidad que acaba de recibir. Guarda una uña del cóndor entre sus prendas, levanta la pluma más grande y regresa a su casa. Esa escena me parece extraordinaria porque el héroe no se marcha del territorio después de adquirir sus poderes: vuelve a casa. Esa puede ser una de las claves de toda la obra de Tolaba. Aprender, transformarse, conocer lo nuevo, adquirir herramientas y después regresar simbólicamente a la comunidad para ponerlas a su servicio. Exactamente lo contrario de una modernidad que muchas veces nos convence de que progresar consiste en desprendernos de todo aquello de donde provenimos.

Terminamos en el local de Doña Benita, con un api caliente y tortilla frita sobre la mesa. Mientras conversamos, pienso que probablemente Súper Ojota tenga hoy una misión aún mayor que la imaginada cuando nació: ayudar a construir el puente entre la ancestralidad y la inteligencia digital. No para negar el futuro, sino para humanizarlo. Mario Fidel Tolaba creó un héroe que corre como una liebre, tiene la fuerza del puma y aprende a mirar como las aves; pero su poder más importante parece otro: recordarles a los niños que ninguna tecnología podrá reemplazar completamente la capacidad de escuchar el viento, sentir compasión, proteger al más débil, reconocer el territorio y saber de dónde vienen.
Salgo nuevamente al mercado. La Quiaca continúa respirando a su propio ritmo. Pienso entonces que quizás los pueblos no necesiten únicamente grandes obras para defenderse del olvido. A veces necesitan personajes capaces de contar quiénes son. Súper Ojota parece pequeño frente a los gigantes digitales que disputan la atención de nuestros hijos. Pero tiene algo que ellos no poseen: nació aquí. Y cuando un niño descubre que también puede existir un héroe con ojotas, entre cerros y cóndores, comienza a comprender que su propia historia también merece ser contada.
