En una jornada bisagra para la identidad nacional, el intendente de La Quiaca transformó la defensa de las autonomías municipales en una causa argentina. Mientras una multitud marcha frente al Congreso, Velázquez advierte que el retiro del capítulo de tierras rurales no elimina el peligro: quedan reformas controvertidas y, sobre todo, una concepción política que pretende colocar los negocios privados por encima del territorio, los recursos y el interés colectivo.
Hay días en los que una sociedad discute una ley y otros en los que decide qué clase de país quiere seguir siendo. Este 6 de agosto pertenece a la segunda categoría. La marcha contra el proyecto denominado Inviolabilidad de la Propiedad Privada no expresa únicamente el rechazo a determinados artículos: constituye una respuesta popular ante una orientación gubernamental que llegó a imaginar el territorio argentino como una mercancía disponible. En ese escenario, la voz de Dante Velázquez emerge desde La Quiaca, la Puerta Norte, con la legitimidad de quien gobierna sobre la línea donde la patria deja de ser un dibujo y se convierte en frontera viva.
El oficialismo retiró el capítulo que pretendía modificar el régimen de tierras rurales porque no consiguió los votos necesarios, pero dejó abierta la posibilidad de insistir. Permanecen, además, reformas vinculadas con las expropiaciones, los desalojos y los terrenos afectados por incendios. “Ellos retiraron ese capítulo, pero también dejaron la advertencia de que van a insistir”, señaló Velázquez. Su conclusión es política: el retroceso parlamentario no borra la intención original ni desactiva una mecánica que podría regresar bajo otra redacción, otro acuerdo o una nueva maniobra legislativa.
Velázquez comprende lo que significa flexibilizar las zonas fronterizas porque administra una de ellas. “Imagínense que La Quiaca sea vendible”, desafió. La frase puede parecer extrema, pero desnuda el fondo del conflicto: cuando se debilitan los controles sobre territorios limítrofes, no solamente cambia la titularidad de una parcela; también pueden quedar condicionados el ordenamiento urbano, el acceso al agua, la producción y la capacidad municipal de decidir su propio desarrollo. Una frontera ocupada económicamente por intereses ajenos, aunque conserve formalmente la bandera argentina, puede terminar perdiendo soberanía efectiva.
Por eso el intendente no se limitó al discurso. Se presentó ante el Senado, conversó con legisladores y entregó una nota dirigida a la vicepresidenta Victoria Villarruel para defender el dominio nacional y las autonomías provinciales y municipales. También llevó el planteo ante la Federación Argentina de Municipios. “No solamente en la palabra y en la voz, sino en los hechos concretos”, explicó. Esa secuencia le otorga densidad política a su posición: Velázquez habló en los medios, actuó institucionalmente y se incorporó a la movilización popular.
Sus declaraciones contra Javier Milei fueron deliberadamente severas. Velázquez calificó como una “insania” política el rumbo del Gobierno y rechazó la naturalización de lo que considera un comportamiento violento y contrario al interés nacional. No formuló una evaluación médica, sino una condena política: “No podemos permitir el vale todo”. También reclamó que quienes ocupan responsabilidades públicas dejen de guardar silencio. Ante una posible afectación de la soberanía, la neutralidad deja de ser prudencia y comienza a parecerse demasiado a la complicidad.
La voz de Velázquez carga, además, con la historia de Jujuy. El norte ofreció más de un centenar de combates durante la lucha independentista y protagonizó el Éxodo Jujeño para no entregar recursos al avance realista. Allí marcharon los pueblos de Belgrano; allí permanece la memoria de Juana Azurduy y de quienes hicieron de la tierra un juramento. “Todo lo que hicieron nuestros padres, nuestros abuelos y nuestros ancestros fue para que esta tierra fuese nuestra y no de los extranjeros”, expresó. En agosto, cuando Jujuy honra a la Pachamama, hablar de soberanía significa defender el agua, los minerales, la agricultura, la ganadería, la cultura y la continuidad de las futuras generaciones.
Esa identidad también vive en la Manka Fiesta, presentada por el intendente como un espacio de reconciliación con la tierra y con lo propio. Frente a una política que reduce el territorio a precio, escritura y rentabilidad, La Quiaca propone otra escala de valores: pertenencia, solidaridad, integración y bien común. “¿Para qué estaríamos construyendo si mañana lo tenemos que rifar y vender?”, preguntó. La defensa de lo público deja entonces de ser una discusión administrativa y se transforma en una obligación moral con quienes todavía no nacieron.
Velázquez recuperó finalmente la bandera de las Islas Malvinas que recorrió el mundo durante el Mundial como símbolo de una argentinidad que parecía dormida, pero no había desaparecido. Aquella imagen demostró que debajo de las divisiones partidarias persiste una fraternidad nacional capaz de reaccionar cuando percibe amenazado lo suyo. Esa es la fuerza que hoy interpela al Congreso. Desde la frontera, bajo la lluvia de Buenos Aires y con la memoria del norte sobre los hombros, el intendente lanzó una consigna destinada a convertirse en límite político: “La Argentina no se vende. Patria sí, colonia no, nunca jamás”.
