La Quiaca, 19 de febrero del 2026 // En un escenario crítico, con menos asistencia provincial y el cierre de programas nacionales, La Quiaca sostiene su funcionamiento con esfuerzo local y administración quirúrgica. En ese marco, la gestión del intendente Dante Velázquez impulsa una apuesta estratégica: turismo de calidad y experiencias profundas, fortaleciendo toda la cadena de valor con identidad, orden y planificación. Los testimonios de visitantes de Rosario y San Juan son apenas una muestra de una tendencia que crece: cada vez más turistas eligen la capital de la Puna, atraídos por su cultura viva, su magia ancestral y una oferta fronteriza que se proyecta como nuevo punto internacional de Jujuy.
La Quiaca atraviesa tiempos donde gobernar dejó de ser una rutina y pasó a ser un ejercicio de precisión. Con la caída de asistencias de Provincia y el cierre de programas desde Nación, el margen se achicó. En ese contexto, ayer algunos vecinos —mientras cumplían con sus tributos— lo dijeron con claridad: sostener la ciudad en pie depende, en gran medida, de la responsabilidad de los quiaqueños y de la capacidad “quirúrgica” de la conducción municipal para administrar recursos escasos sin resignar futuro.

Ahí aparece una clave política: el intendente Dante Velázquez no solo está conteniendo. Está planificando. Porque administrar en crisis es importante, pero no alcanza: una ciudad que solo resiste termina agotada. Por eso, la gestión local eligió un rumbo con lógica estratégica: invertir inteligencia y orden en aquello que puede multiplicar oportunidades genuinas. Y en La Quiaca, ese motor tiene nombre y apellido: turismo de calidad, con experiencias profundas, identidad viva y proyección internacional.
La ciudad fronteriza no compite por volumen; compite por singularidad. La Quiaca es multicolor, multisabor, y está impregnada de una magia ancestral que no se explica con folletos: se vive. Esa autenticidad, bien gestionada, es un activo de primer nivel en un mundo donde el turista ya no busca solo “ver”, sino sentir. Y eso es exactamente lo que está empezando a ocurrir: en plena agenda carnavalera “que tuvo una convocatoria fuerte en toda la provincia” La Quiaca no quedó como satélite: se consolidó con su oferta propia, distinta, fronteriza y profundamente cultural.

En los últimos días llegaron visitantes de distintas provincias y ciudades. Entre ellos, dos historias se volvieron representativas de lo que está pasando. Milton Jacobi y su familia, provenientes de Rosario, llegaron con el plan clásico del norte: Tilcara, Humahuaca y circuitos ya instalados. Pero fue en La Quiaca donde decidieron frenar… y quedarse más días de lo previsto. ¿Por qué? Por tres razones simples que, juntas, son una propuesta turística sólida: hospitalidad, tranquilidad e identidad viva. Los corsos quiaqueños los sorprendieron por su autenticidad: acá la cultura no se representa, se comparte. Y como viajeros que suelen difundir destinos, destacaron algo que hoy escasea: la posibilidad de respirar calma, conversar con la gente, valorar la sencillez como un capital.

Lo más relevante fue que la experiencia conectó con todas las generaciones. Los jóvenes no dejaron de fotografiar el paisaje, la luz, los colores del carnaval y la vida cotidiana. Es un indicador clave: cuando un destino enamora también a los más chicos y a los adolescentes, no es una visita, es una experiencia que deja marca.
Algo similar compartió Roxana y su pareja, llegados desde San Juan. Fascinados por la cultura local, pudieron participar de la ceremonia de la chaya, integrándose a una tradición ancestral que expresa el sincretismo profundo de la región. Valoraron el paisaje, la limpieza urbana, los servicios y, sobre todo, la calidez de la gente. Pero “otra vez” estos testimonios no son “casos aislados”: son señales de mercado, pruebas vivas de que hay demanda real cuando la propuesta es auténtica y está bien organizada.
Desde el Municipio, a través de la Secretaría de Cultura y Turismo, se decidió rescatar estas vivencias no para celebrar anécdotas, sino para marcar una dirección: el turismo no es improvisación, es política pública. Y la gestión de Dante Velázquez lo entendió: el desarrollo turístico requiere planificación, orden urbano, servicios, agenda cultural, articulación con emprendedores y una narrativa común que haga sinergia. En otras palabras: no se trata de esperar que el turista llegue; se trata de diseñar el destino.
En esa visión, la ciudad juega una carta mayor: la marca identitaria Manka Fiesta, que transita los últimos trámites para ser declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Esto no es un título decorativo: es una plataforma de posicionamiento global. Si se consolida, La Quiaca no solo atraerá más turismo; atraerá turismo de calidad, más inversión cultural, más demanda de servicios, más empleo local y una vidriera internacional para artesanos, productores y prestadores.
Y hay otro factor diferencial: La Quiaca es frontera. Ese atributo, bien gestionado, la convierte en un punto de encuentro internacional. Con la reestructuración del complejo cultural, próximo a inaugurarse, la ciudad se encamina a ser un nuevo polo de referencia para Jujuy ante el mundo: cultura, experiencias, eventos y circulación, con identidad propia.
El mensaje final es tan claro como desafiante: los turistas ya la están eligiendo, y todo indica que la demanda crecerá. Ahora el desafío es sistémico: la ciudad completa debe prepararse. Comercio, hotelería, gastronomía, transporte, emprendedores, guías, artesanos, instituciones. Porque cuando una ciudad decide competir por experiencia, necesita elevar estándares sin perder esencia.
En tiempos duros, La Quiaca está dando una señal inteligente: no se limita a resistir el recorte; se organiza para crecer. Y en el centro de esa estrategia hay una conducción que administra con precisión, pero también con visión: Dante Velázquez, apostando a una La Quiaca que no solo se sostiene en pie, sino que abre oportunidades sólidas para su gente, con cultura viva, turismo profundo y proyección internacional.
