Anoche, La Quiaca presenció un acto de madurez política sin precedentes, cuando más de veinte presidentes barriales respondieron al llamado del intendente Dante Velázquez y desbordaron el salón municipal con una presencia transversal, plural y comprometida, para construir soluciones desde el diálogo y el trabajo conjunto.
Lo que originalmente se perfilaba como una reunión alternativa y confrontativa —convocada por el presidente del barrio San Cayetano, Cornelio Tintilay, junto a Ariel Mendoza, referente del barrio Luján y declarado adversario político del jefe comunal— quedó relegada por completo ante la contundente manifestación de unidad del resto de la ciudad.
La convocatoria impulsada por Velázquez a las 18 hs no solo se adelantó estratégicamente al intento de manipulación preelectoral que pretendía consolidarse a las 19:30, sino que además reafirmó quién tiene hoy la legitimidad territorial para conducir un proceso colectivo. Con un tono abierto y respetuoso, el intendente agradeció a los presentes y celebró que “la madurez barrial haya prevalecido por encima de cualquier especulación política.”
“No venimos a discutir candidaturas, venimos a resolver problemas. Ya habrá tiempo para que cada quiaqueño se exprese democráticamente en las urnas. Por ahora, es trabajando codo a codo como se milita exclusivamente por La Quiaca”, señaló Velázquez, marcando con firmeza el rumbo que hoy la mayoría de los barrios elige transitar.
¿Unidad real o relato?
Los hechos lo dicen todo. Solo dos referentes barriales —Tintilay y Mendoza— quedaron en soledad, intentando instalar una lógica de reclamo que no supieron ni consensuar ni contener. En un gesto que ya nadie oculta, Mendoza se mueve en coordinación con otros sectores opositores a Velázquez, lo que ha debilitado su capacidad de representar genuinamente las demandas de su barrio. Cuando la necesidad de protagonismo personal prevalece sobre el bien común, la comunidad responde con claridad.
El municipio, rector de soluciones
El encuentro convocado por Velázquez no fue un acto de disciplinamiento, sino una instancia de diálogo real. Se escucharon inquietudes, se trazaron agendas de trabajo, se propusieron convenios solidarios de obras (como vecinos dispuestos a aportar materiales si el municipio colabora con la mano de obra), y se puso en valor una política de proximidad donde el Estado municipal vuelve a tener centralidad como articulador de soluciones concretas.
El jefe comunal no solo celebró la vocación colaborativa de los referentes, sino que también fue claro al respetar la pluralidad política: “Cada vecino y cada presidente barrial tiene derecho a pensar distinto. Pero en la construcción diaria, lo que cuenta es el compromiso real con el barrio y con nuestra ciudad.”
La Quiaca no necesita divisiones artificiales
En tiempos donde la Argentina vive una de sus crisis más profundas, La Quiaca da un ejemplo: cuando se trata de mejorar calles, ampliar servicios, resolver accesos o atender necesidades urgentes, no hay margen para internas ni especulaciones. Los que apostaron a fragmentar se encontraron con una ciudad que decidió apostar por la unidad, por el trabajo compartido, por el sentido común.
Este es el camino: con las manos en el barro, con la cabeza en la gestión, y con el corazón puesto en La Quiaca. Y los vecinos lo saben.
