El Complejo Cultural Manka Fiesta fue escenario de uno de los momentos más emotivos de la celebración por el Día del Maestro en La Quiaca. El docente jubilado Alberto Cejas tomó la palabra para rendir homenaje a quienes marcaron su vida y, con la poesía de Fortunato Ramos, hizo volver a todos a la infancia, a la escuela y a esos maestros que dejan huellas para siempre.
Hubo un instante en el acto por el Día del Maestro en La Quiaca en el que el protocolo quedó en segundo plano y apareció la memoria. En el Complejo Cultural Manka Fiesta, ante docentes, autoridades y miembros de la comunidad educativa, Alberto Cejas, maestro jubilado, compartió unas palabras cargadas de gratitud y emoción. Contó que, aun después de haberse retirado de las aulas, continúa estudiando y transitando el cuarto año del Profesorado de Educación Física, como una forma de mantener viva esa vocación por aprender y enseñar.
Cejas recordó especialmente a su maestro Alfredo Peñaloza, a quien quiso homenajear como símbolo de tantos formadores que marcaron generaciones. También evocó su propia historia con una sencillez que atravesó al auditorio: “Quien les habla era el hijo de la cocinera”, expresó al contar que, cuando era niño, muchas veces no tenía nada para regalarle a su maestro. Esa confesión convirtió el homenaje en algo profundamente universal: el recuerdo de aquellos chicos que quizá no podían llevar un presente material, pero sí cargaban afecto, respeto y admiración.
Fue entonces cuando recurrió a Fortunato Ramos, también maestro, para recitar el poema Poquito tengo para darte, maestro. La poesía habla desde la voz de un niño que reconoce no tener casi nada para ofrecer, pero que encuentra en pequeños gestos el regalo más grande: portarse bien, escuchar, estudiar, llevar una flor, un bollito hecho por su madre o simplemente entregar su cariño. “Porque me haces jugar, porque me haces reír, porque me cuentas cosas lindas, porque me enseñas, porque me comprendes, porque me defiendes”, dice uno de los fragmentos que despertó emoción entre los presentes.
La fuerza del poema estuvo precisamente en esa humildad. El maestro no aparece como quien espera grandes reconocimientos, sino como quien recibe lo más valioso en forma de confianza, aprendizaje y afecto. En cada palabra reaparecieron pupitres, recreos, guardapolvos, cuadernos y nombres que probablemente muchos creían olvidados. Y también la certeza de que hay docentes que siguen acompañando la vida de sus alumnos mucho después de que termina una clase.
El homenaje de Cejas fue también un reconocimiento a los docentes presentes, a los jubilados y a quienes continúan recorriendo diariamente las escuelas de La Quiaca y la Puna. Su mensaje dejó en claro que la docencia no termina con una jubilación ni se mide solamente por los años frente a un aula: permanece en aquello que un maestro logra sembrar en otra persona.
“Poquito tengo para darte, maestro, casi nada”, volvió a resonar en el Manka Fiesta. Pero detrás de esa aparente pequeñez había algo inmenso: la gratitud de un alumno que nunca olvidó, el reconocimiento de toda una comunidad y el recuerdo de que, muchas veces, el mejor regalo para un maestro es saber que su enseñanza quedó para siempre en la vida de alguien.
