La ciudad de La Quiaca vivió una de sus noches más conmovedoras y vibrantes en honor a su patrona, la Virgen del Perpetuo Socorro. Como ya es tradición en la víspera de la fiesta central, la comunidad se reunió en la parroquia local para ofrecerle una emotiva serenata cargada de devoción, folclore y calor popular. La velada fue mucho más que un evento religioso: fue una auténtica celebración del alma quiaqueña, en la que la fe, la música, la danza y la hermandad se entrelazaron bajo el cielo de la Puna.

Desde temprano, los feligreses comenzaron a congregarse frente al templo, encendiendo la clásica fogata comunitaria alrededor de la cual circularon mate cocido, tortillas caseras, palabras de gratitud y esperanza. Jóvenes catequistas, familias enteras, adultos mayores y niños fueron parte de una escena que, más allá de los años, conserva intacta su emoción y sentido colectivo.
La Banda Municipal de Música fue la encargada de abrir la serenata con un repertorio de marchas y piezas tradicionales que elevaron el espíritu de los presentes. A su paso, comenzaron a llegar los cuerpos de ballet folclórico, que desplegaron coloridos cuadros preparados especialmente para la ocasión. Fueron al menos ocho agrupaciones las que ofrecieron su arte como ofrenda simbólica a la Virgen, generando una comunión espontánea entre bailarines y espectadores.

La participación fue multitudinaria. Se respiraba un ambiente sereno pero vibrante, donde la devoción popular se manifestaba en cada mirada hacia la imagen de la Virgen iluminada frente a la parroquia. Las velas encendidas, los cantos religiosos y las coplas improvisadas construyeron un clima de recogimiento y pertenencia.
No faltaron momentos profundamente simbólicos. Uno de ellos fue la entrega espontánea de rosarios y flores por parte de los niños, quienes se acercaban tímidamente con sus ofrendas, enseñados por sus abuelos a venerar con respeto y ternura a la patrona que acompaña cada paso de la vida en La Quiaca. “Esta serenata es nuestro modo de agradecer y pedir protección. Es una promesa que se cumple todos los años”, expresó emocionada una vecina que llegó desde el Barrio Belgrano.
La fogata, centro espiritual y físico de la velada, se mantuvo encendida durante toda la noche, símbolo del fuego interior que moviliza a la comunidad. Mientras las brasas crepitaban, las voces del pueblo se elevaban en oraciones y cantos, generando un espacio de unidad poco frecuente en los tiempos que corren. La serenata no fue solo una expresión de religiosidad, sino también un momento de reencuentro vecinal, de identidad y de proyección comunitaria.

La serenata a la Virgen del Perpetuo Socorro demuestra que la fe, lejos de ser un acto privado, puede convertirse en una fuerza colectiva transformadora. En La Quiaca, la devoción se expresa en los gestos simples: una danza, una vela, un mate compartido, una oración. La noche de vísperas fue la prueba de que, cuando una comunidad se organiza en torno a sus símbolos más queridos, florece una espiritualidad viva y alegre que renueva la esperanza.
