La Quiaca volvió a vivir la celebración de Santa Anita como una expresión profunda de fe popular. Desde la misa de la mañana hasta la procesión y la tradicional feria sobre avenida España, familias, devotos y emprendedores compartieron una jornada atravesada por la oración, las promesas, la memoria y la esperanza. La celebración mostró que Santa Anita no es solamente una imagen religiosa: es parte viva de la identidad quiaqueña.

La jornada comenzó temprano, con los fieles acercándose a la iglesia central para participar de la misa en honor a Santa Ana y San Joaquín. Allí, frente a la imagen de Santa Anita, muchas familias renovaron promesas, agradecieron favores recibidos y pidieron protección para sus hogares. El padre Aníbal Zilli recordó que Santa Ana y San Joaquín fueron los padres de María y los abuelos de Jesús, y dejó un mensaje sencillo pero profundo: cuidar a los abuelos también es una forma de honrar esta celebración.
Después de la misa, la imagen salió en procesión acompañada por vecinos y devotos. El recorrido hasta la gruta, en avenida España y Belgrano, estuvo cargado de emoción. Algunas personas avanzaban en silencio, otras rezaban, y muchas se detenían para mirar de cerca a la santa. La Banda de Música Municipal acompañó el trayecto y convirtió la caminata en una verdadera ceremonia popular, donde la fe se hizo visible en cada gesto.

Al llegar a la gruta, los fieles encendieron velas, elevaron oraciones y volvieron a pedir por sus familias. Allí todavía estaba presente el recuerdo de la fogata realizada la noche anterior, cuando vecinos y organizadores compartieron vino caliente, anchi y una ronda de encuentro alrededor del fuego. Esa escena dejó en claro que la devoción por Santa Anita no se vive únicamente dentro de la iglesia: se sostiene en la calle, en la solidaridad y en la compañía entre vecinos.
Concluida la parte religiosa, la comunidad se volcó a la tradicional Feria de Santa Anita. Desde calle Belgrano hasta avenida Bolívar, los puestos fueron recibiendo a familias que se acercaron con curiosidad, fe y entusiasmo. Juegos, comidas, productos artesanales, sorteos y pequeñas compras dieron forma a un espacio donde lo religioso y lo popular volvieron a encontrarse. Para muchos, recorrer la feria también forma parte de la creencia: comprar una miniatura, compartir un alimento o acompañar a un emprendedor es una manera de mantener viva la tradición.

La presencia del municipio permitió que la celebración se desarrollara de forma ordenada y sostenida. Las áreas de Cultura, Turismo, Tránsito, Electricidad, Bromatología, Limpieza Urbana, Espacios Verdes y la Banda Municipal acompañaron tanto la novena como la fogata, la procesión y la feria. Más allá de la organización, el aporte estatal tuvo un sentido comunitario: ayudar a que una costumbre querida por los quiaqueños no se pierda.
Santa Anita volvió a reunir a La Quiaca alrededor de algo más fuerte que una agenda de actividades. Reunió fe, recuerdos, familias, promesas y esperanza. En una ciudad acostumbrada al frío, a la distancia y a las dificultades, la devoción ofreció calor humano y un motivo para encontrarse. La pregunta ya no es si la tradición sigue vigente, sino cuántas generaciones más la seguirán sosteniendo con la misma emoción.
