Durante tres décadas, la calle Patricia Argentina fue sinónimo de tránsito incesante, peligro y deterioro permanente a menos de una cuadra del hospital Jorge Uro. Ambulancias, vehículos de urgencia y un flujo constante las 24 horas del día convirtieron el sector en un punto crítico para la seguridad vial y la calidad de vida de los residentes. Hoy, ese conflicto histórico comienza a encaminarse hacia una solución definitiva de la mano de sus protagonistas naturales: los vecinos organizados y el intendente Dante Velázquez.
En el marco de los tradicionales miércoles de audiencias, el jefe comunal recibió a representantes de la calle Patricia Argentina, entre ellos Nicolás Yurquina, quien sintetizó en pocas palabras el hartazgo acumulado: “Hace 30 años que estamos viviendo con esta situación. Han pasado los gobiernos y no nos han dado una solución definitiva”.
Lejos de limitarse a un reclamo más, el encuentro derivó en un compromiso concreto: trabajar en un esquema técnico y participativo que permita ordenar el tránsito, mejorar la calzada y proteger a las familias que viven y se desplazan en una zona estratégica por su cercanía al hospital. Velázquez planteó una hoja de ruta basada en tres pilares:
- Convocatoria amplia a otros barrios para abordar problemas similares con criterio de ciudad y no solo de cuadra.
- Mesa técnica con Obras Públicas y áreas especializadas, para que las decisiones se tomen con estudios serios de circulación, drenaje y seguridad vial.
- Participación activa de los vecinos, que ya manifestaron su voluntad de colaborar con la organización y la ejecución de las tareas necesarias.
Yurquina reconoció que, por primera vez en años, sienten que se abre un horizonte real: “Antes hubo soluciones por partes, paliativos. Ahora, con la predisposición del intendente, el vecino se está animando a colaborar con el municipio y con la comunidad”.

La calle Patricia Argentina no es solo un tramo de asfalto castigado: es el acceso a guardias, internaciones y emergencias que se juegan minuto a minuto. Resolver allí un problema de 30 años significa también reforzar el sistema de cuidado de toda La Quiaca. Por eso, el enfoque que propone el municipio apunta a una respuesta estructural y duradera, y no a parches que se borran con la próxima temporada de lluvias.
Si el diálogo iniciado hoy se sostiene con trabajo técnico y participación ciudadana, la ciudad habrá dado un paso clave: transformar un reclamo histórico en un caso testigo de cómo los vecinos, cuando se organizan y encuentran un Estado que escucha, pueden torcer la inercia de décadas y empezar a escribir una historia distinta para su propio barrio.
