Desde La Quiaca, una señal de alarma resuena en todo Jujuy: el posible cierre de la Agencia de Extensión del INTA, una institución clave para la producción agrícola ganadera, la soberanía alimentaria y la educación técnica de toda la región.
Una decisión centralista que golpea el corazón rural
En medio de un ajuste estatal que no distingue escalas ni contextos, trabajadores del INTA en La Quiaca advierten con firmeza sobre una amenaza concreta: el cierre de su Agencia de Extensión Rural. La medida, enmarcada en la política nacional de recortes, implicaría desactivar el principal nexo entre la investigación agropecuaria y los productores de toda la región de la Puna y la Quebrada.
Jorge Chauque, ingeniero agrónomo y referente técnico de la agencia, lo dijo con claridad: “Somos el puente entre el laboratorio y la tierra. Sin esta agencia, el productor se queda sin brújula”. La agencia, instalada desde hace 17 años en un punto estratégico del norte jujeño, atiende a comunidades rurales de Yavi, Santa Catalina, Rinconada, Cochinoca, Humahuaca y hasta zonas del sur boliviano. Su cierre dejaría sin asesoramiento técnico y sin continuidad pedagógica a más de 35 escuelas rurales y a cientos de pequeños productores.
Lo que se pierde: tecnología apropiada, saberes locales y agua
En la Puna, producir no es una tarea cualquiera. El trabajo del INTA ha sido articular conocimientos científicos con recursos locales: desde sistemas de riego por acequias y captación de agua de lluvia (sistema ESCAL), hasta experiencias agroecológicas en el uso de semillas nativas, jabones naturales, producción caprina y huertas escolares.
En estos años, pese a las restricciones presupuestarias, los técnicos han seguido formando, investigando, mejorando técnicas productivas y generando impacto social en las comunidades. “No es sólo un lugar de consulta, es un faro de innovación para una región históricamente olvidada”, enfatizó Chauque.
El cierre implicaría también frenar nuevas capacitaciones, cortar la continuidad de proyectos de acceso al agua —vitales para el consumo humano y animal— y liquidar la posibilidad de sostener ferias productivas o alianzas con escuelas rurales.
Una comunidad que se organiza para resistir
La indignación es tan profunda como la dignidad de quienes habitan estas tierras. Desde la agencia se impulsa una asamblea de trabajadores, productores y referentes educativos para discutir medidas ante lo que consideran un “vaciamiento del Estado en los márgenes”. El martes próximo habrá una reunión gremial donde se debatirá un plan de lucha.
Pero ya hay algo que está claro: la comunidad no está dispuesta a resignar una institución que ha demostrado con hechos que se puede producir en altura, que se puede enseñar con compromiso y que es posible desarrollar tecnología con justicia territorial.
¿Desarrollo o desmantelamiento?
Lo que ocurre en La Quiaca es un símbolo del nuevo orden que se impone con brutalidad: el recorte como política, el achique como solución mágica, la desconexión entre el Estado y las realidades rurales. Y mientras se recortan agencias como la del INTA, crecen los discursos que celebran un país “que se moderniza” desde el centro.
Pero la modernidad que vale es la que permite que un productor produzca con dignidad, que un niño aprenda a sembrar en una huerta escolar, o que una comunidad pueda capturar agua de lluvia para resistir a la sequía. Esa es la soberanía que se está poniendo en riesgo.
El Estado que llega a pie y se va en helicóptero
Cerrar esta agencia del INTA es cerrar una ventana de esperanza para cientos de familias campesinas, indígenas y rurales. Es dejar sin herramientas a quienes trabajan todos los días con sus manos, sin más marketing que el de la tierra que da frutos.
Desde la Quiaca, la advertencia es clara: no hay desarrollo sin territorio. Y sin el INTA, la Puna se vuelve más vulnerable, más silenciosa, más sola.
Porque un Estado que abandona el norte, no es un Estado presente.
