En el marco de la refuncionalización del complejo fronterizo La Quiaca-Villazón, el jefe policial boliviano Hernán Paredes Muñoz destacó la profundidad del trabajo conjunto con la Argentina y confirmó el avance hacia un comando tripartito con Bolivia, Chile y Argentina. Su mensaje dejó una definición internacional de alto impacto: la lucha contra el crimen organizado ya no puede pensarse desde fronteras aisladas, sino desde una estrategia regional integrada.
La Quiaca, 29 de marzo del 2026 // La refuncionalización del complejo fronterizo La Quiaca-Villazón no solo expuso una mejora de infraestructura ni una foto diplomática de ocasión. También dejó al descubierto un cambio de época en la política de seguridad regional. Las palabras de Hernán Paredes Muñoz, jefe policial boliviano, marcaron con claridad que Bolivia y Argentina están dejando atrás la lógica fragmentada para avanzar hacia un esquema operativo más ambicioso, coordinado y transnacional, con la frontera convertida en un punto neurálgico de control, inteligencia y cooperación.
Paredes Muñoz situó el origen de esta nueva etapa en la reunión del 6 de febrero en Buenos Aires, donde, según relató, comenzó a tomar forma un “sueño” regional impulsado por la ministra argentina y su equipo. Allí, dijo, se colocó sobre la mesa una nueva visión para la región, centrada en el combate a las organizaciones criminales y en la necesidad de elevar la coordinación interestatal a otro nivel. No se trata de una lectura menor: cuando un jefe policial boliviano reconoce públicamente que hubo una inflexión estratégica en la manera de pensar la seguridad, lo que está describiendo es el nacimiento de una arquitectura de poder compartido sobre la frontera.
Uno de los aspectos más relevantes del discurso fue el elogio explícito al modelo argentino de orden interno. Paredes Muñoz remarcó su impresión por los resultados obtenidos en Rosario y por la recuperación del orden en Buenos Aires sin necesidad de nuevas leyes, sino mediante la aplicación de la Constitución, el Código Penal y protocolos operativos coherentes. Más allá del tono político, esa observación revela que Bolivia no solo está cooperando con Argentina en frontera: también está observando y estudiando su metodología de intervención, su respaldo jurídico y su capacidad de sostener medidas sensibles frente a impugnaciones. Es decir, la cooperación avanza tanto en el plano operativo como en el doctrinario.
El corazón del mensaje estuvo puesto, sin embargo, en la dimensión fronteriza. Paredes Muñoz fue contundente al afirmar que si hay un país que necesita control de fronteras, ese es Bolivia, con más de 7.000 kilómetros y amplios tramos permeables. En ese contexto, vinculó directamente la debilidad fronteriza con el crecimiento de organizaciones criminales de alcance regional y puso como ejemplo la reciente detención de figuras narco de alto perfil, entre ellas Sebastián Marcet y otros referentes del delito transnacional. Su tesis fue nítida: sin control fronterizo, las redes criminales encuentran corredores de circulación, refugio y expansión.
En ese punto, La Quiaca-Villazón emerge como mucho más que un cruce binacional. Se transforma en laboratorio de una nueva gobernanza regional. Paredes Muñoz explicó que Argentina y Bolivia ya trabajan en espacios multilaterales “como si fueran un solo país”, y señaló que el desafío inmediato es replicar este modelo en otras fronteras, integrando policías, carabineros, fuerzas federales e incluso, eventualmente, apoyo militar para operativos que impidan el tránsito ilegal más allá del paso formal. Esa frase tiene peso internacional: propone pasar del control del puesto fronterizo al control ampliado del corredor fronterizo.
La pieza estratégica de ese rediseño es el comando tripartito entre Bolivia, Chile y Argentina. Paredes Muñoz confirmó que la idea nació en febrero, que ya existe una reunión agendada en Buenos Aires por iniciativa argentina y que podría firmarse un convenio hacia fines de abril. Definió ese esquema como un “paraguas integrado”, una formulación que remite a una cobertura de seguridad común sobre territorios antes administrados con baja coordinación. El dato más fuerte es que la iniciativa no estaría pensada como un mecanismo cerrado: la proyección, según explicó, es ampliarla luego hacia Brasil y otros países. En otras palabras, el norte argentino y la frontera andina podrían estar incubando un modelo exportable para Sudamérica.
Lo sucedido en La Quiaca-Villazón confirma que las fronteras sudamericanas están entrando en una fase de redefinición funcional. Ya no son solo espacios de tránsito, de intercambio social o de comercio popular. Son nodos de seguridad estratégica donde se juega soberanía, estabilidad regional y capacidad estatal para contener delitos complejos. Cuando Bolivia reconoce que necesita más control, cuando Argentina impulsa una mesa tripartita y cuando Chile se incorpora a esa lógica, lo que aparece es una nueva red de cooperación para enfrentar amenazas que no respetan límites nacionales.
En ese tablero, Jujuy y La Quiaca dejan de ser periferia. Se vuelven pieza central de una cadena estratégica que une seguridad, infraestructura, inteligencia y política exterior. La refuncionalización del complejo fronterizo no es apenas una obra. Es el soporte físico de una visión más amplia: una frontera moderna, interoperable y regionalmente coordinada. Si ese camino se consolida, La Quiaca-Villazón pasará de ser un paso intenso del norte a convertirse en uno de los enclaves más relevantes del nuevo mapa de seguridad sudamericano.
