En el día de honras a la Virgen del Perpetuo Socorro, patrona de La Quiaca, no solo resonaron las campanas del templo ni brillaron las danzas frente a la imagen sagrada. Este 27 de junio, entre la multitud que caminaba bajo el sol punzante de la altiplanicie, se alzó la figura humilde y luminosa de Don Ramón Peloc, un hombre que es más que un nombre: es la encarnación de la memoria viva de nuestra ciudad. El intendente Dante Velázquez lo nombró Ciudadano Ilustre, en un acto desprendido, cargado de emoción y justicia histórica.
Don Ramón no es solamente un vecino. Es uno de esos héroes invisibilizados, de los que se forjan con los callos de la dignidad y la ausencia de derechos, con el trabajo anónimo que construyó sin pedir nada a cambio. Nació en Santa Victoria, y siendo casi un niño, con apenas 14 años, se subió a un tren con destino a la zafra en el Ingenio San Martín del Tabacal. “Ya sabíamos achar, pelar, cargar caña. Todo lo hacíamos”, recordó con esa voz de siglos, dura como la tierra pero cálida como un abrazo de abuela.

En aquellos tiempos, el viaje hasta el ingenio tomaba días, como también obtener un pasaje. El tren era la única vía. Dormían como podían y llevaban todo: sus cosas, sus sueños, su inocencia. Al llegar, los esperaba la faena brutal del cañaveral y el patrón que les “sacaba el jugo”. El salario era apenas simbólico: “Nos descontaban todo: la mercadería, la comida, la ropa… trabajábamos casi gratis”. Y sin embargo, Don Ramón volvió siempre entero. A pie firme. Con la frente en alto.
Hoy, jubilado, camina las calles quiaqueñas con esa prestancia de los que no se quebraron ante nada. “Es un ejemplo para todos”, dijo el intendente Velázquez mientras lo abrazaba en una de las calles de La Quiaca. “En Don Peloc encontramos muchos Peloc más caminando por esta tierra, por esta patria profunda. Hombres y mujeres que trabajaron sin descanso, que padecieron sin derecho, que nos heredaron esta ciudad hermosa con su esfuerzo invisible.”
El reconocimiento de este hombre en la fiesta patronal no fue un mero protocolo. Fue un gesto profundo de reparación simbólica, de memoria activa. En medio de la devoción a la Virgen del Perpetuo Socorro, el pueblo de La Quiaca honró también a uno de sus hijos más nobles. Porque si hay milagros en esta tierra, no siempre bajan del cielo: a veces caminan entre nosotros, con sombrero de ala ancha, mirada sabia y manos de trabajo.
En un tiempo donde la historia suele olvidarse y la modernidad intenta devorar las raíces, Don Ramón nos recuerda que el presente que vivimos se asienta sobre los hombros de los que cavaron sin palas y resistieron sin bandera. Su vida es un relato épico en voz baja, una novela que merece ser contada en las escuelas, en las radios, en las plazas, en cada rincón donde la palabra “trabajo” aún tenga sentido.
