La Quiaca respira historia. En este junio helado pero cargado de significado, la Escuela de Frontera “General Manuel Belgrano” honra a su patrono con un cronograma intenso de actividades patrióticas y educativas, que transforman el aula en una trinchera de identidad y compromiso. El director del establecimiento, profesor Enrique Albornoz, compartió con la prensa el orgullo y los desafíos de vivir el Mes Belgraniano desde el corazón educativo de la frontera.

“El mes ya está en marcha”, afirma Albornoz con tono sereno pero entusiasta. Desde el 2 de junio, la institución puso en marcha un abanico de propuestas que arrancaron con la entonación de marchas patrióticas a cargo de los docentes de música, y que continuarán con caminatas simbólicas, actividades conmemorativas y los actos de promesa a la bandera. Todo, en nombre de Manuel Belgrano, ese prócer que representa no solo el origen de la bandera, sino el espíritu de lucha y justicia que aún late en cada rincón del norte jujeño.
Una de las actividades más esperadas será la tradicional caminata escolar, una suerte de marcha belgraniana que no solo pone en movimiento los cuerpos, sino también las emociones. Los alumnos de todos los grados participan, en especial los de la promoción, que aprovechan para mostrar con orgullo sus camperas distintivas. Se trata de un rito clásico que une generaciones y reafirma el sentido de pertenencia.

En paralelo, la escuela se prepara para el acto de promesa de lealtad a la bandera, uno de los momentos más emotivos del calendario escolar. “Estamos trabajando con los chicos de cuarto grado, preparándolos para ese día tan especial. Todo sucede este mes y lo vivimos con mucha emoción”, relata Albornoz.
Sin embargo, no todo es celebración. En medio del homenaje, asoma la crudeza de una realidad climática que golpea fuerte a los chicos y maestros: el frío. Con temperaturas que rozan los cero grados, el establecimiento no cuenta con un sistema de calefacción adecuado. “Cada maestro ve cómo paliar el frío: algunos chicos traen sus almohadones para sentarse, sobre todo en actividades de lectura”, explica el director. Lejos de resignarse, la comunidad educativa se adapta, resiste y sigue enseñando.
A pesar de las bajas temperaturas y las carencias estructurales, no se ha modificado el horario escolar. “Seguimos de 9 a 17”, confirma Albornoz. Y lo dice con ese tono estoico que suele escucharse en las aulas de frontera, donde la vocación es más fuerte que el viento.
El mes de junio en La Quiaca no es solo una efeméride: es una manifestación viva del compromiso con la memoria, la educación y la patria. En la Escuela de Frontera, la historia se encarna, se canta, se camina y se promete.
