En lo alto de la Puna jujeña, donde la tradición se mezcla con la espiritualidad y la hospitalidad con el paisaje, la ciudad de La Quiaca celebró con fervor el día de su santa patrona, la Virgen del Perpetuo Socorro. Lo que para los lugareños es una jornada de homenaje, devoción y encuentro, se transformó también en un inesperado espectáculo para los visitantes que llegaron sin saber que serían testigos de una de las festividades más sentidas del norte argentino.
Oscar Melgarejo y su esposa Marita, oriundos de San Fernando, Buenos Aires, fueron algunos de los turistas que se encontraron por azar con la celebración. “Nos despertamos esta mañana con todo esto… la verdad es que fue emocionante ver cómo el pueblo jujeño vive esta fiesta. No sabíamos que era un día especial y fue un honor estar acá”, expresó Oscar, visiblemente conmovido, mientras observaba la procesión y los actos centrales.
La pareja llegó a La Quiaca el día anterior y no había planeado participar de ningún evento religioso. Pero el destino —y la devoción colectiva— les tenían preparada una sorpresa. “Lo que más me impactó fue ver a los chicos tan bien orientados, participando con alegría, con sus trajes típicos, respetando la identidad. En Buenos Aires no se ven muchas cosas así”, añadió Marita, destacando el valor cultural y educativo que emana de la fiesta patronal.
El turismo, generalmente asociado en La Quiaca a los circuitos de frontera o al paso hacia Bolivia, encontró en este 27 de junio una dimensión inesperada: la del encuentro con la cultura viva. Desde temprano, los visitantes pudieron sumarse a un desayuno comunitario, compartir con los vecinos, disfrutar del desfile cívico-religioso y hasta recibir hojas de coca para atenuar los efectos de la altura. “Nos costó un poco… la puna nos dio la bienvenida con un poco de dolor de cabeza, pero también con mucho cariño”, bromeó Oscar.
El intendente Dante Velázquez no dudó en acercarse a los turistas, saludarlos y agradecerles la visita. “Cada visitante que se suma a esta fiesta es un embajador de nuestra cultura. Queremos que La Quiaca sea conocida no solo por ser frontera, sino por su historia, su fe, su identidad y su gente”, expresó durante el acto.

Mientras los ballets folclóricos se preparaban para la tarde de espectáculos y se calentaban los fogones del almuerzo comunitario, Oscar y Marita confirmaban que se quedarían. “Vamos a quedarnos a ver los shows y compartir un rato más con esta hermosa gente. Realmente esto nos llena el alma. Gracias a ustedes por recibirnos así”, dijeron, conmovidos.
En tiempos donde el turismo busca cada vez más experiencias auténticas y transformadoras, La Quiaca ofrece, sin proponérselo, un modelo de integración entre comunidad y visitante. No se trata de un show montado para el extranjero, sino de una vivencia profunda, íntima y colectiva, que abre sus brazos con naturalidad a quien se acerca. Y quienes llegan, como Oscar y Marita, se van sabiendo que participaron —aunque por casualidad— de un momento único en un rincón inolvidable del país.
