Entre música, coplas, humo sagrado y devoción, la comunidad quiaqueña agradeció a la Madre Tierra y pidió un futuro de unidad, salud y prosperidad
Agosto llegó a La Quiaca con su perfume de viento, tierra y fe. En el corazón de la ciudad, la Plaza Centenario se convirtió en altar vivo de la cultura andina: vecinos, turistas y autoridades locales se congregaron para celebrar a la Pachamama, la Madre Tierra, en una ceremonia cargada de emoción, música y raíces. El ritual ancestral, tan íntimo como comunitario, reflejó el pulso profundo de un pueblo que no olvida de dónde viene ni a quién debe agradecer.
Bajo el cielo limpio del altiplano, con la banda municipal animando el alma del encuentro y las coplas resonando como plegarias del pueblo, se abrió la boca sagrada de la apacheta, símbolo del beso de la tierra. Las ofrendas no tardaron en llegar: maíz, hojas de coca, vino, frutas, dulces y agua. Todo fue entregado con respeto y devoción. Como cada año, la ceremonia convocó no solo a residentes de La Quiaca, sino también a viajeros de distintos puntos del país que se sumaron con asombro y gratitud a una de las manifestaciones más antiguas de la identidad andina.
La ceremonia fue encabezada por la presidenta del Concejo Deliberante, Lic. Mirtha Moscoso, quien se encuentra a cargo del Ejecutivo municipal. Acompañada por el secretario de Hacienda, Félix Alderete, Moscoso elevó un pedido por la salud del intendente Dante Velázquez, ausente por razones médicas, y por el bienestar de toda la comunidad. Ambos representantes del poder local se inclinaron con humildad ante la Pachamama y pronunciaron palabras que dejaron ver el compromiso con las raíces culturales y la esperanza de un camino colectivo hacia el desarrollo.
“La Quiaca es esto, es cultura, es Pachamama, es puerta del Pórtico Norte donde empieza y termina la Argentina. Hoy celebramos nuestras costumbres junto a turistas y vecinos, agradeciendo a la Madre Tierra todo lo que nos da”, expresó Moscoso. En la misma línea, Alderete agregó: “Estamos pidiéndole que nos acompañe en este año tan importante, para que entre todos saquemos esta gestión adelante”.
La emoción alcanzó su punto más alto cuando, de rodillas, vecinos y funcionarios depositaron sus ofrendas con los ojos cerrados y el alma abierta. La kalapurca, comida ceremonial típica del altiplano, fue servida con generosidad a los presentes por integrantes de las áreas municipales de Desarrollo Social y del Cementerio, mostrando que el trabajo conjunto también se cocina con amor y pertenencia.
El municipio quiaqueño ofreció una rica kalapurca a todos los presentes. La comida regional fue elaborada por las áreas municipales del Cementerio y Desarrollo Social.
La jornada fue una celebración de la vida, del trabajo colectivo y del valor de mantener vivas las tradiciones que unen generaciones. En tiempos donde lo urgente parece tapar lo esencial, La Quiaca volvió a enseñarnos que hay gestos más potentes que cualquier discurso: ofrendar, agradecer, inclinarse ante la tierra y pedir con humildad.
Porque la Pachamama no es pasado: es presente y futuro. Es la memoria que se hace carne en cada semilla, en cada abrazo comunitario, en cada sopa compartida. La ceremonia de este agosto fue un recordatorio de que, en el Norte profundo, todavía hay pueblos que honran la vida con los pies en la tierra y el corazón en el cielo.