En las madrugadas heladas del invierno quiaquieño, cuando la escarcha mordía los pies y la ruta parecía interminable, Pascuala Gerónimo cargaba en silencio una tristeza honda. Desde su casa, cada mañana al alba, veía pasar —como procesión de pequeños peregrinos— a los niños del barrio Ruta 5 rumbo al centro, mochilas demasiado grandes para sus espaldas y ropas escasas para el rigor del viento. Esa imagen, reiterada y punzante, la estremecía. Algo tenía que cambiar. Y entonces, sin saberlo, en su pecho germinaba una escuela.
No fue un capricho ni un impulso pasajero. Fue dolor hecho idea, y la idea hecha camino. Junto a su esposo, comenzaron a tocar puertas: en Jujuy capital, en oficinas del ministerio, en corazones que todavía sabían escuchar. ¿Cómo se gesta una escuela? preguntaban. “Empiecen por contar cuántos niños hay”, fue la respuesta. Y lo hicieron. Trescientos, eran muchos los chicos que necesitaban un aula cerca, un lugar donde aprender sin caminar kilómetros con el alma congelada.
Pero los números solos no bastaban. Había que encontrar un techo. Las puertas se cerraban hasta que un día, en la plaza de La Quiaca, Pascuala lo vio: el padre Jesús Olmedo, recién llegado a la ciudad tras años en otros pueblos. Lo interceptó con humildad y urgencia. Le habló de los niños. Le habló del sueño. El padre no dudó. “Por los niños, cualquier cosa”, le dijo. Y esa promesa fue semilla bendita.
El complejo de los artesanos, con ayuda de ellos mismos, se transformó en aulas. Hubo que empujar mucho: conseguir maestros, convencer vecinos casa por casa, conseguir hasta el mástil. “¿Comienzan o no comienzan las clases el lunes?”, la retó la supervisora. “Sí, comienzan”, respondió Pascuala sin tener siquiera el mástil, pero con el corazón lleno de certezas. Y sí: comenzaron.
Una escuela que se llama Jesús
Así nació la Escuela N°463, que este agosto celebra sus quince años. Una escuela con nombre de pastor. Porque Jesús Olmedo no sólo cedió los espacios para que esa utopía tuviera paredes: caminó con ellos, alentó, bendijo, celebró. Hoy, desde Granada, su tierra natal, envió un mensaje que estremeció al acto escolar:
El Padre Jesús Olmedo envió saludos desde Granada España
“Con todo cariño voy a deciros gracias, porque habéis tenido el detalle de dar mi nombre a la escuela. Quizás no me lo merezca, pero ustedes siempre me han querido. Estuve en la Puna argentina los mejores años de mi vida. Que la Virgen del Perpetuo Socorro y San Antonio María Claret los bendigan. Les quiero mucho. Siempre me acuerdo de ustedes”.
Su voz, cruzando el Atlántico, se escuchó como una caricia, como el eco de un tiempo donde los sueños parecían imposibles, pero también como señal viva de que los imposibles pueden nacer si hay fe, amor y comunidad.
Pascuala no contuvo las lágrimas al ver que los niños del actual 3° grado representaban en una obra de teatro la gesta de aquella escuela. “Jamás imaginé ser nombrada. En ese tiempo solo pensaba en los chicos. Luchábamos sin esperar nada, sólo que dejen de sufrir en el frío”, dijo entre emoción y orgullo.
Y recordó también la vez que un funcionario, desde una radio local, se burló de su lucha: “Los vecinos de la Ruta 5 ni sueñen con una escuela”, había dicho. Pascuala se quebró por dentro, pero no se rindió. Tocó otra puerta, y otra, y otra más. Hasta que los sueños dejaron de ser sueños para convertirse en pizarras, pupitres, juegos y campanas que hoy suenan con historia.
La escuela, un acto de amor
Hay escuelas que nacen desde el Estado. Y hay otras que nacen desde el alma. La Jesús Olmedo es una de ellas. Fue alumbrada por madres como Pascuala, por vecinos que donaron lo que no tenían, por funcionarios que sí creyeron, por curas que ofrecieron su lugar, por niños que hoy ya son jóvenes, pero que recuerdan que alguna vez caminaron entre el frío y la fe.
Hoy, quince años después, el barrio Ruta 5 ya no es un rincón olvidado: es un faro encendido en la memoria colectiva. Es una lección de pueblo. Es una escuela que se llama Jesús… pero que en realidad lleva el nombre de todos los que la soñaron, la pelearon, la construyeron y la habitan.