La cicloviajera María Vanesa García, oriunda del barrio de Flores, en Capital Federal, comenzó en La Quiaca una travesía profundamente humana: unir la ciudad fronteriza con el Obelisco recorriendo la Ruta 40 en bicicleta. Pero no se trata solo de un desafío deportivo. Su viaje nace como una búsqueda interior y, sobre todo, como un mensaje para mujeres y personas que atravesaron abuso sexual, violencia de género y dolor extremo. “Sí se puede salir”, afirma con una fuerza construida desde su propia historia.
La Quiaca, 12 de marzo del 2026 // Desde La Quiaca, punto inicial de una de las travesías más simbólicas del país, María Vanesa García se prepara para recorrer en bicicleta el largo camino que la llevará hasta el Obelisco de Buenos Aires, en un viaje que une territorio, introspección, fe y una causa profundamente humana.
Vanesa, vecina del barrio de Flores, en Capital Federal, no llega a la puna sólo con una bicicleta y un itinerario. Llega con una historia dura, atravesada por el abuso, la violencia y el dolor, pero también con una convicción luminosa: que su experiencia no quede en el sufrimiento, sino que se convierta en una voz de amor y acompañamiento para otros.
Su travesía, que en un comienzo pensó realizar con mochila, tomó un giro inesperado cuando la persona que iba a acompañarla se bajó del viaje. En ese momento de angustia, fue su hijo quien le dio el impulso decisivo. “Mamá, hacelo en bici”, le dijo. Y allí nació una nueva forma de recorrer no sólo el mapa, sino también su propia historia.
Vanesa contó que comenzó hace apenas seis meses en una comunidad ciclista de Capital Federal, y que ya había logrado recorrer 130 kilómetros. Entonces se animó a ir más allá. “La idea es una introspección, es un mensaje para mí misma, primero, para encontrarme con los vacíos, con la soledad que a veces tanto miedo le tenemos y por otro lado dejar este mensaje de amor”, explicó.
Su testimonio conmueve por la crudeza y por la fortaleza con que hoy lo resignifica. “Yo pasé desde los 8 a los 14 años abuso sexual y violación, también he pasado violencia de género, he pasado tres intentos de suicidio y hoy estoy aquí fuerte y una mujer resiliente”, expresó. En esa frase se condensa el verdadero sentido de esta travesía: que el viaje sea también una manera de acompañar a quienes aún no encontraron salida.

Vanesa no habla desde la teoría ni desde la distancia. Habla desde la experiencia vivida. Por eso su mensaje tiene un peso especial para tantas mujeres, adolescentes y personas que cargan historias similares en silencio. “Mi historia no sea en vano sino para poder acompañar a otras personas, no solo mujeres, porque el abuso pasa en cualquier persona”, sostuvo.
Su paso por La Quiaca y la inmensidad de la puna la tocaron profundamente. Dijo haber llorado al ver las montañas y describió a esta tierra como un espacio sagrado. “Ustedes tienen un lugar sagrado”, dijo, sorprendida por la inmensidad del paisaje y por la conexión interior que ese territorio despierta. Para ella, la puna no es sólo geografía: es escenario de encuentro con uno mismo.
“Cuando uno empieza a ver alrededor las montañas y todo lo que tienen ustedes, que para mí obviamente son tierras sagradas, uno se conecta con uno mismo. Y cuando uno se conoce a uno mismo, ya sabe qué es lo que quiere y lo que no quiere en la vida”, afirmó.

En ese camino, la fe también ocupa un lugar central. Vanesa habló con naturalidad del rol de Dios en su vida y de la fuerza que encuentra en la espiritualidad. “La fe mueve montañas”, resumió, dejando en claro que su travesía tiene tanto de esfuerzo físico como de convicción emocional y espiritual.
Pero lo más potente de su paso por La Quiaca fue el mensaje final que dejó para quienes están atravesando o arrastrando situaciones de abuso o violencia. “Primero, no fue tu culpa. Segundo, sí podés salir. Tercero, si querés, me escribís a mí y te acompaño en medio de ese dolor, porque se puede”, expresó con claridad y empatía.
Ese llamado directo transforma su viaje en algo más que una aventura. Lo convierte en una causa. En una bicicleta cargada de kilómetros, sí, pero también de memoria, dolor sanado, coraje y amor propio.
María Vanesa García parte desde La Quiaca rumbo al Obelisco por la Ruta 40, pero en verdad su recorrido apunta mucho más alto: quiere llegar a quienes todavía creen que no pueden salir. Y demostrarles, pedal a pedal, que sí se puede.
