En el Día Nacional de la Memoria, por la Verdad y la Justicia, el pueblo de La Quiaca no solo recordó con actos y discursos, sino también con una profunda plegaria. Desde la voz serena pero firme del nuevo párroco Adonis Artiga, la Iglesia local elevó su mensaje a la comunidad, abrazando desde la fe el dolor de un país que aún busca respuestas y justicia por los crímenes del terrorismo de Estado. En una jornada teñida por la emoción colectiva, Artiga apeló a la espiritualidad para renovar el compromiso con la democracia, los derechos humanos y la paz.
“Nosotros somos parte de este pueblo creyente”, comenzó diciendo el sacerdote, en un mensaje que no solo buscó consolar, sino también interpelar al presente desde el recuerdo. Rodeado de vecinos, autoridades y estudiantes, Artiga pronunció una oración conmovedora, en la que pidió a Dios por las víctimas de la dictadura militar y por las heridas abiertas que aún persisten en miles de familias argentinas.
“Hoy nos reunimos como pueblo para hacer memoria. Recordamos a quienes sufrieron el dolor de la violencia, a los que fueron silenciados, perseguidos y desaparecidos. Y que su recuerdo —dijo— nos inspire a construir un país donde reine la justicia y la paz”, expresó con emoción, en uno de los momentos más íntimos y potentes del acto.
El mensaje del sacerdote fue también un llamado al compromiso ciudadano: defender la democracia no es solo votar, sino construir todos los días una sociedad donde la dignidad sea inviolable y donde el miedo no vuelva a oscurecer nuestras libertades. “Señor, enséñanos el valor de la verdad para que nunca más el miedo oscurezca nuestra dignidad”, rogó, ante un auditorio profundamente conmovido.
En un tiempo donde los discursos negacionistas amenazan con relativizar el horror vivido entre 1976 y 1983, la voz de la Iglesia quiaqueña marcó una postura clara y comprometida. “Haznos defensores de los derechos humanos, constructores de democracia, sembradores de justicia”, insistió Artiga, asumiendo el rol espiritual de guiar, pero también el deber ético de no callar frente a la injusticia.
En su reflexión, Artiga también recordó que “este pueblo, que es muy creyente, es el que se dirige a Dios para pedir sabiduría, grandeza, amor por la patria y compromiso con los demás”. Y finalizó con una plegaria que trascendió la liturgia: “Que la memoria nos ayude a no repetir errores y que la verdad nos haga verdaderamente libres”.
La Quiaca, profundamente atravesada por la historia y la fe, se transformó este 24 de marzo en un ejemplo de cómo el recuerdo de los 30.000 detenidos desaparecidos puede —y debe— ser parte de un proyecto común de país. Desde las instituciones civiles, desde la palabra de sus autoridades, pero también desde la oración de su pueblo, que no olvida ni perdona, pero que aún cree en un futuro con justicia.
