En el marco de la conmemoración por el 214° aniversario del Éxodo Jujeño, el intendente de La Quiaca, Dante Velázquez, pronunció un extenso discurso en el que recuperó la figura de Manuel Belgrano, leyó fragmentos del histórico bando del 29 de julio de 1812 y vinculó aquella gesta con la necesidad actual de defender la patria, la soberanía y el valor de lo público. Desde la Puna, Velázquez remarcó además una dimensión muchas veces relegada del relato histórico: el Éxodo no fue únicamente una epopeya de la ciudad de Jujuy, sino una estrategia militar que involucró a pobladores, milicias y territorios de la Quebrada y del norte provincial. La propia historiografía recuerda que el bando fue dirigido a los pueblos de la provincia y que las localidades de la Quebrada de Humahuaca también formaron parte de la retirada y de la resistencia.
Velázquez comenzó su intervención colocando a Belgrano junto a José de San Martín dentro de una generación que, según señaló, entendió la construcción de la patria como sacrificio personal antes que como privilegio. Recordó la llegada de Belgrano al Ejército del Norte en 1812, cuando las tropas patriotas se encontraban diezmadas y el avance realista amenazaba desde el Alto Perú. En ese contexto, el intendente recuperó las primeras palabras del bando: “Pueblos de la Provincia: desde que puse el pie en vuestro suelo para hacerme cargo de vuestra defensa…”, y destacó que Belgrano advertía que estaban en peligro los derechos de “libertad, propiedad y seguridad”. El documento fue fechado en Jujuy el 29 de julio de 1812 y tenía una intención inequívoca: preparar a toda la región para una retirada capaz de dejar al enemigo sin alimentos, animales ni recursos.
La parte más dura del mensaje histórico fue también una de las que Velázquez quiso colocar en el centro de la reflexión. Belgrano convocó directamente a hacendados, labradores y comerciantes a retirar ganados, cosechas y mercaderías hacia Tucumán. El bando ordenaba a los hacendados sacar sus animales y a los productores asegurar sus cosechas, mientras advertía que quienes se negaran serían considerados traidores a la patria. No era una simple invitación: era una decisión militar extrema frente a un ejército realista que avanzaba desde el norte. Esa política de tierra arrasada buscaba que las fuerzas enemigas no encontraran casas, alimentos, ganado ni mercancías con las cuales sostener su avance.

Velázquez utilizó esa lectura para reivindicar el aporte de la Puna y de la Quebrada a una historia que, a menudo, queda concentrada exclusivamente en San Salvador de Jujuy. El Ejército del Norte había dispuesto fuerzas en la Quebrada de Humahuaca y el cuerpo de los Patriotas Decididos, comandado por Eustoquio Díaz Vélez, tuvo la misión de retrasar el avance enemigo y proteger la retirada; días después del éxodo enfrentaría a las tropas realistas en Humahuaca. Por eso, cuando el intendente se preguntó por el papel de “nosotros los puneños”, su reflexión apuntó a recuperar la experiencia de una frontera que durante las guerras de independencia quedó permanentemente expuesta a invasiones, desplazamientos, pérdida de bienes y combates. La gesta jujeña debe ser entendida, entonces, territorialmente: la capital fue protagonista, pero también lo fueron los pueblos del camino hacia el Alto Perú y las comunidades que sostuvieron la resistencia en todo el norte.
Desde allí, el discurso pasó de la historia al presente. Velázquez sostuvo que no alcanza con leer las efemérides: hay que “interpretarlas” y preguntarse qué significa hoy defender aquello por lo cual aquellos hombres y mujeres estuvieron dispuestos a perderlo todo. En ese tramo introdujo una defensa explícita de la soberanía territorial y cuestionó cualquier iniciativa que, a su juicio, pueda debilitar el control nacional sobre la tierra. Su comparación tuvo un tono político contemporáneo, pero partió de una idea histórica: el Éxodo demostró que la patria no se construyó desde la comodidad, sino mediante decisiones colectivas extraordinariamente costosas. En la mirada del jefe comunal, la enseñanza de Belgrano es que los intereses particulares deben ceder cuando están en juego bienes superiores de la comunidad.
Velázquez cerró reivindicando también la austeridad y humanidad de Belgrano. Recordó a un jefe militar que murió en 1820 en condiciones económicas precarias y que, aun durante sus campañas, reclamaba ropa, calzado y abrigo para sus hombres. También evocó su vínculo con Jujuy y el legado de la Bandera Nacional de Nuestra Libertad Civil, entregada al pueblo jujeño luego de las victorias del Ejército del Norte. La última referencia fue a la célebre expresión atribuida a Belgrano poco antes de morir: “¡Ay, patria mía!”. Desde La Quiaca, Velázquez convirtió esa frase en una invitación a mirar la historia no como un ritual vacío sino como una responsabilidad presente: recordar a quienes entregaron todo, comprender que la Puna también fue escenario y sostén de aquella lucha y transmitir a las nuevas generaciones que la independencia argentina se construyó desde todos los rincones de Jujuy.
