La Quiaca se prepara para revivir una tradición que resurge con fuerza: la Baja de los Diablos, un evento que se llevará a cabo el próximo 25 de enero en el mirador de la ciudad. En este contexto, María Villatarco, una vecina quiaqueña, comparte recuerdos que transportan a un tiempo donde el carnaval era más que una celebración: era un ritual profundamente arraigado en el ADN cultural de la región.
Un carnaval con raíces profundas

María, con emoción y nostalgia, recuerda los relatos de su abuela sobre cómo se vivía el carnaval en La Quiaca décadas atrás. “Mi abuela contaba que la Baja de los Diablos también era nuestra, pero con el tiempo se trasladó hacia otros puntos de la Quebrada. Los diablos bajaban desde los cerros de Sansana, y días antes del carnaval ya se sentían las bombas de estruendo y los cohetes”, relata.
En esos tiempos, las familias se preparaban con respeto y reverencia. “Mi abuela decía que, por miedo, escondían a los niños y a las mujeres. Los diablos bajaban vestidos con capas rojas brillantes, decoradas con espejos y cascabeles, y llevaban las tradicionales colas y cuernos. Todo esto se hacía para ‘soltar al diablo’ y permitirle disfrutar del carnaval junto con la gente”, recuerda María con una sonrisa.
El legado de una capa roja
Uno de los recuerdos más vívidos de María es el hallazgo de una capa roja en la casa de su abuela. “Era pequeña, tendría unos 5 o 6 años. Entré a una habitación y encontré una capa roja desteñida, con espejos cocidos a mano. Mi abuela me regañó, me dijo que la guardara. No sé qué hicieron con ella, pero nunca más la vi”, comparte.
La capa, confeccionada de manera artesanal, simboliza el esfuerzo y la dedicación que los artesanos de antaño ponían en cada detalle del carnaval. “Los espejos estaban cocidos con aguja e hilo, no había pegamentos. Era un trabajo rústico, pero lleno de significado”, destaca María, quien señala que estas prendas eran mucho más que disfraces: eran parte de una ceremonia con profunda conexión con la Pachamama.
Un carnaval lleno de respeto y espiritualidad
Para María, el carnaval de antes tenía un componente sagrado que se ha perdido con el tiempo. “Todo era con preparación y respeto. Se pedía permiso a la Pachamama, se bailaba para agradecer y para que el año trajera bendiciones. Había una conexión entre las generaciones, y los jóvenes respetaban a los mayores”, explica.
Hoy, María sueña con un carnaval que recupere esas raíces. “Sería hermoso que vuelvan las comparsas antiguas, como ‘La Maravillosa’ o ‘Los Indios del Bosque’, que mi abuela nombraba. El carnaval debe ser una fiesta que una, no que divida”, reflexiona.
Un llamado a la memoria colectiva
El evento del 25 de enero no solo promete revivir esta tradición, sino también despertar un sentido de identidad y orgullo en las nuevas generaciones. María invita a los quiaqueños a compartir sus recuerdos y a ser parte activa de este renacimiento cultural. “Que todos los que vivieron estas experiencias se acerquen, que cuenten sus historias. Necesitamos volver a nuestras raíces”, concluye.
