En la ciudad fronteriza de La Quiaca, los aromas de la quinua, el maíz morado y los chips andinos no solo evocan tradiciones culinarias milenarias, sino que se transforman en el símbolo vivo de un proyecto colectivo que combina educación, producción y una visión estratégica de futuro.
El alma puneña convertida en producto auténtico
En un contexto global que reclama identidad, sostenibilidad y experiencias auténticas, los estudiantes del colegio Olga Márquez de Arédez avanzan con paso firme en un modelo de desarrollo que pone en valor los cultivos autóctonos como la quinua, el maíz morado y las papas de colores, transformándolos en productos elaborados con identidad propia: alfajores, chips andinos y cerveza artesanal, entre otros.
Este proceso de transformación no ocurre en un laboratorio industrial, sino en el comedor comunitario Mickey, cedido generosamente por el municipio, donde el talento local, la pasión de los jóvenes y la orientación docente confluyen para hacer realidad un modelo productivo artesanal, pero con una mirada puesta en la industrialización regional.

Educación con sentido: aprender haciendo
La propuesta nace desde el interior de las aulas, pero no se queda en los pupitres. Como explicaron Josías Martínez, presidente del centro de estudiantes, y María Mamani, tesorera, este trabajo forma parte de un módulo educativo donde se aprende haciendo, creando, colaborando. “Esto nos saca de la monotonía”, expresaron, destacando el impacto emocional y formativo del trabajo colectivo.
Los productos no solo llevan el sello de la región, sino que también cuentan con etiquetas diseñadas por los mismos estudiantes, una acción que convierte cada alfajor y chip en una declaración de marca: “Hecho en La Quiaca por jóvenes de La Quiaca”.

La economía con rostro humano
El intendente Dante Velázquez, al recibir a los estudiantes y degustar sus creaciones, expresó su profunda admiración: “Estos productos no son solo gastronomía, son cultura, identidad y desarrollo. Nuestra tarea es capitalizar todo eso como una política de Estado”.
Velázquez viene impulsando un giro de 180 grados en la visión del desarrollo local, promoviendo el valor agregado a la producción autóctona como sello distintivo de La Quiaca. Su compromiso con la cultura, el emprendedurismo joven y el rescate de saberes ancestrales encuentra en experiencias como esta la prueba viviente de un modelo posible: una ciudad que produce con identidad, que transforma con sentido, que se proyecta sin perder sus raíces.
Rumbo a la exposición: La Quiaca se muestra
Este sábado, los estudiantes participarán de una feria regional en La Intermedia, donde compartirán sus productos con el público, posicionando a La Quiaca como un referente en innovación cultural y agroalimentaria. No es un stand más: es una embajada del sentir quiaqueño, del esfuerzo colectivo, del orgullo por lo nuestro.
Más que productos: un modelo a escalar
Mientras los grandes debates sobre la industrialización, el trabajo digno y el arraigo rural siguen atrapados en diagnósticos burocráticos, en La Quiaca los hechos avanzan. Jóvenes adultos que equilibran estudios con responsabilidades familiares demuestran que el desarrollo no llega: se construye desde abajo, con manos, cabeza y corazón.
El municipio ya evalúa acompañar y escalar esta experiencia, apostando a un circuito turístico-gastronómico que incluya los productos regionales como souvenir simbólico de una ciudad que no solo resiste, sino que reinventa su destino con dignidad, inteligencia y coraje.
