La Quiaca, 30 de enero del 2026 // La declaración del secretario de Turismo y Cultura del municipio, Dante “Dodi”, no es una frase para agenda: es una posición estratégica. Cuando habla del avance para que la Manka Fiesta sea reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, está diciendo —sin subrayarlo— que La Quiaca decidió jugar en la liga donde el patrimonio no es folklore para la foto, sino capital cultural, marca territorial y herramienta de desarrollo.
En su lectura, el carnaval no es un evento que “hay que promocionar”: es un hecho social que se autopromociona porque vive en la gente. Esa definición es clave: el carnaval no nace de una campaña, nace de una necesidad comunitaria. Es descanso, cosecha, reciprocidad con la Pachamama, una economía emocional que ordena el calendario de la región. Y por eso mismo, cuando algunos pronostican que “puede peligrar”, Dodi lo corta de raíz: no se cae lo que está arraigado. Lo que sí puede peligrar —y ahí está la advertencia— es la forma de organizarlo, cuidarlo y traducirlo en una experiencia segura, hospitalaria y digna para locales y visitantes.
La Manka Fiesta en ese marco es más que un evento: es un sistema cultural. Es trueque, encuentro, circulación de saberes, memoria productiva y espiritualidad cotidiana. En términos de gestión, buscar el sello de Patrimonio Inmaterial implica aceptar una regla: no alcanza con decir “es nuestro”, hay que demostrarlo, documentarlo, sostenerlo, cuidarlo. Por eso menciona organismos y trámites, y por eso habla de “observaciones” y “agregados”: el patrimonio del siglo XXI no se declama; se certifica con método, se sostiene con política pública, y se legitima con comunidad.
La otra parte del mensaje es igual de importante: señalética turística-cultural, mojones, placas, paneles interpretativos. Eso no es decoración urbana: es gobernanza del relato. Una ciudad que marca su patrimonio se vuelve legible para el visitante y, sobre todo, para sus propios jóvenes. Dodi lo dice sin vueltas: que el “quiaqueño” reconozca su historia. Ahí hay un objetivo de fondo: convertir identidad en orgullo informado, y orgullo en cuidado colectivo. Es una apuesta a largo plazo: el patrimonio no se protege con policías; se protege con sentido de pertenencia.
Además, cuando describe a La Quiaca como una ciudad de “historia milenaria” y menciona las misturas migrantes —griegos, judíos, libaneses, sirios, españoles— está construyendo un concepto moderno de identidad: no como pureza, sino como fusión. Esa mirada es políticamente inteligente porque evita el cliché turístico y posiciona a La Quiaca como un territorio de frontera que no se reduce al límite geográfico: es frontera cultural, comercial, humana. Y eso, bien narrado, es un activo sin techo.
La editorial se escribe sola: La Quiaca está entendiendo que el patrimonio no es un souvenir; es un modelo de ciudad. Si el municipio logra que el carnaval y la Manka Fiesta se fortalezcan con organización, señalética, interpretación histórica y articulación con los órganos competentes, no estará “haciendo eventos”: estará construyendo una ventaja competitiva cultural. En un país donde muchas localidades compiten por lo mismo, La Quiaca tiene algo que no se fabrica: densidad simbólica real.
El desafío es que esta visión no quede en discurso. Patrimonio no es sólo reconocimiento: es plan, es capacitación, es infraestructura, es cuidado de la experiencia, es respeto por lo comunitario. Si sale bien, La Quiaca no sólo recibirá turistas: recibirá algo más importante, que es el derecho de mirarse a sí misma con orgullo y decir: esto somos, esto vale, y esto lo sabemos contar.
