En una decisión de fuerte impacto político, institucional y simbólico, el intendente de La Quiaca, Dante Velázquez, resolvió intervenir para reacondicionar el corredor vial del complejo fronterizo con Villazón, una zona de jurisdicción nacional por donde circulan miles de personas cada día. Frente al ripio, el deterioro y la desidia de organismos nacionales instalados en el lugar, el municipio puso en marcha un plan inmediato de compactación, reacondicionamiento y asfalto en frío para devolver transitabilidad y dignidad a uno de los accesos más importantes del país.

La Quiaca, 27 de marzo del 2026 // Hay imágenes que avergüenzan. Y una de ellas estaba ahí, a la vista de todos, en el extremo norte argentino: el corredor vial del complejo fronterizo La Quiaca-Villazón, la puerta real de ingreso al país, convertido en una arteria de ripio, rota, castigada y abandonada, como si la frontera más emblemática del norte no mereciera siquiera un piso digno sobre el cual ingresar a la Argentina.
Por allí pasan miles de personas todos los días. Circulan trabajadores, familias, turistas, comerciantes, transportistas y ciudadanos que sostienen con su movimiento diario una dinámica humana y económica decisiva. No se trata de una calle secundaria. No se trata de un rincón olvidado. Se trata del acceso al país. Se trata de un corredor internacional. Se trata, ni más ni menos, que de una vidriera institucional de la Argentina ante el continente.

Y sin embargo, durante demasiado tiempo, lo que ofreció ese ingreso fue una postal de abandono. Tierra, baches, deterioro, desorden y una sensación de desamparo que se volvió incomprensible. Más aún cuando en ese mismo ámbito funcionan organismos nacionales clave como Gendarmería, Aduana y Migraciones. La presencia del Estado estaba. Lo que no estaba era la solución. Lo que no aparecía era la decisión. Lo que faltaba, en definitiva, era gestión.

Frente a esa escena inadmisible, el intendente Dante Velázquez decidió hacer lo que muchas veces la política posterga: actuar. Y lo hizo aun cuando no se trata de jurisdicción municipal. Lo hizo porque, aunque el corredor pertenezca al universo competencial de la Nación, la ciudad que lo contiene, lo sufre y lo exhibe ante el mundo es La Quiaca. Y esa ciudad tiene un gobierno democrático que entendió que mirar para otro lado ya no era una opción.
La intervención municipal no es menor. Implica un programa inmediato de asfalto en frío, compactación y reacondicionamiento integral del sector, para mejorar la circulación de ingreso y egreso al país. Es una respuesta concreta donde otros dejaron expedientes, excusas y silencio. Es el municipio entrando a resolver lo que la burocracia nacional dejó pudrirse a metros de uno de los pasos internacionales más sensibles del norte argentino.

El dato político es devastador para quienes dejaron correr el tiempo: tuvo que intervenir un intendente para reparar la puerta de entrada de la Nación. Esa sola frase desnuda la magnitud del problema. Porque cuando un jefe comunal debe meterse en un corredor vial federal para evitar que la desidia siga humillando a su ciudad, el mensaje es brutal: hubo abandono, hubo indiferencia y hubo una renuncia práctica al deber elemental de conservar una infraestructura estratégica.
Pero también hay otro mensaje, más potente todavía: La Quiaca no aceptó ser rehén del abandono. Dante Velázquez leyó el momento con criterio político y con sensibilidad territorial. Entendió que el parate nacional de obras puede ser un dato de época, incluso razonable desde la lógica del ajuste, pero jamás puede convertirse en una coartada para dejar colapsar un acceso fronterizo que representa al país entero. Ajustar no puede ser sinónimo de desertar. Administrar con rigor no puede equivaler a naturalizar la decadencia.

Por eso esta decisión trasciende la obra puntual. Tiene épica institucional. Tiene una carga emocional fuerte. Tiene el valor de una definición que interpela a todo el país: si el Estado nacional no llega, alguien debe defender la dignidad del territorio. Y eso fue lo que ocurrió. No hubo discurso grandilocuente. Hubo máquinas, planificación y respuesta. No hubo promesas largas. Hubo intervención inmediata. No hubo burocracia infinita. Hubo gestión.

La frontera norte no puede ser tratada como una periferia descartable. Es soberanía, es economía, es circulación, es integración y es también imagen nacional. Un país que pretende ser serio no puede ofrecer como acceso internacional una vía de tierra destruida. No puede pedir respeto institucional hacia afuera mientras exhibe dejadez hacia adentro. No puede hablar de control, orden y Nación si la puerta misma de su territorio está librada al polvo, al pozo y a la indiferencia.
En ese marco, la decisión del intendente de La Quiaca adquiere volumen nacional. Porque no solo arregla una calle. Repara una ausencia. No solo mejora una traza vial. Recupera una idea de autoridad y responsabilidad pública. No solo ordena el tránsito fronterizo. Devuelve dignidad a un punto neurálgico del mapa argentino.

Dante Velázquez eligió intervenir donde otros se acostumbraron a tolerar el abandono. Y en ese gesto, tan concreto como político, dejó una señal poderosa: hay momentos en que gobernar no es discutir de quién es la lapicera, sino hacerse cargo del problema. En la frontera norte, donde la Nación dejó una herida abierta, La Quiaca decidió empezar a cerrarla con hechos.
