La ciudad de La Quiaca despide en estos días a una de esas personas cuya huella no se mide en palabras ni en números, sino en miradas, caricias y silencios compartidos. La hermana Janaina, mercedaria, compañera incansable de la hermana Gerónimo en el Hogar de Ancianos “San Antonio”, ha recibido destino en otra comunidad y parte dejando un vacío difícil de llenar.
Durante años, su figura serena caminó por los pasillos del hogar como una luz suave, constante. La hermana Janaina no sólo cuidó cuerpos envejecidos por el tiempo; resguardó memorias, alivió dolores con ternura y abrazó con el alma a cada uno de los abuelos que la vieron llegar y partir. Fue más que una religiosa: fue presencia, familia, consuelo.
Quienes compartieron con ella estos años en La Quiaca saben que su legado no será olvidado. En un lugar donde muchas veces la soledad pesa más que el frío de la Puna, Janaina fue calor humano. Acompañó a la hermana Gerónimo en las tareas diarias del hogar, y en esa complicidad de fe y servicio, tejieron un vínculo profundo con toda la comunidad quiaqueña.
La noticia de su traslado, aunque dolorosa para quienes la despiden, es también motivo de gratitud. Porque cada paso de Janaina en La Quiaca fue sembrar amor en tierra árida. Y esas semillas no se pierden: florecen en cada anciano que recuperó la sonrisa, en cada voluntario que se inspiró en su entrega silenciosa, en cada vecino que la vio caminar con su hábito y su dulzura por las calles del pueblo.
No hay despedidas definitivas cuando se trata de corazones que aman. Janaina parte hacia otro destino, pero su esencia queda. La Quiaca le dice gracias y hasta pronto, hermana. Que su camino siga siendo luz allí donde el amor la necesite.
